Carta de Siri Hustvedt tras la muerte de Paul Auster , fragmentos.
Fragmentos de la carta publicada por Siri Hustvedt tras la muerte de su esposo Paul Auster
traducción Eugenia Limeses
Fui ingenua, pero había imaginado que yo sería la persona que anunciaría la muerte de mi marido, Paul Auster. Murió en casa, en una habitación que le encantaba, la biblioteca, una habitación con libros en todas las paredes desde el suelo hasta el techo, pero también con altas ventanas que dejaban entrar la luz. Murió con nosotros, su familia a su alrededor, el 30 de abril de 2024 a las 18:58. Algún tiempo después, descubrí que incluso antes de que se llevaran el cuerpo de nuestra casa, la noticia de su muerte circulaba por los medios de comunicación y se habían publicado obituarios.
Ni a mí, ni a nuestra hija Sophie, ni a
nuestro yerno Spencer, ni a mis hermanas, a las que Paul quería como a sus
propias hermanas y que fueron testigos de su muerte, nos dieron tiempo para
asimilar nuestra dolorosa pérdida. Ninguno de nosotros pudo llamar o enviar un
correo electrónico a sus seres queridos antes de que empezaran los gritos en
línea. Nos robaron esa dignidad. No conozco la historia completa de lo
sucedido, pero sé una cosa: Está mal.
Paul nunca abandonó Cancerlandia. Resultó
ser, en palabras de Kierkegaard, la enfermedad de la muerte. Tras el fracaso de
los tratamientos, su oncólogo le ofreció quimioterapia paliativa, pero él dijo
que no y pidió estar internado en casa. Muchos pacientes sufren los estragos
del tratamiento contra el cáncer, y algunos se curan, pero lo que el mundo de
la medicina llama educadamente "efectos adversos" se convierte
fácilmente en una realidad en cascada de una crisis tras otra, causada, no por
el cáncer, sino por el tratamiento. Las inmunoterapias, que actúan a nivel
molecular, pueden ser especialmente peligrosas. Un "efecto" puede
poner en peligro la vida y exigir una intervención drástica, que a su vez
provoca otro efecto potencialmente mortal, que exige una nueva intervención, y
el cuerpo agredido se debilita cada vez más.
Mi marido no tenía computadora. Escribía a mano y mecanografiaba sus manuscritos en una máquina de escribir Olympia. En los últimos días de su vida, escribía cartas a nuestro nieto Miles. Su diminuta caligrafía se tambaleaba como consecuencia de un temblor causado por el tratamiento, pero fue tachando y corrigiendo esas cartas hasta que perdió toda fuerza. Nuestra ayudante y querida amiga, Jen Dougherty, descifró los textos después de que yo los hubiera fotografiado, y los mecanografió para él.
Quería que fuera su
último libro. En un suspiro de determinación, consiguió terminar una carta y
redondear su texto, el manuscrito no es largo. Con esa carta a su nieto, su
vida de escritor terminó.
Palabras atravesadas por el dolor, debe ser el problema de amar demasiado. Está enojada, y escribe su enojo de una manera que hace enojar. Pero, finalmente, y quizá esa haya sido su intención primaria, nos abre las puertas de su casa y nos cuenta secretos que no encontraríamos en ninguna red social.
ResponderEliminargracias por leer con atención ☺!!
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